Noventa segundos de retraso

9 de mayo. Querido diario, este pasado 26 de abril, un retraso de 90 segundos costó la vida a más de 90 personas en Japón, cuando un tren se descarriló y fue a estrellarse contra un edificio residencial de 9 pisos, con 580 pasajeros a bordo y un conductor nervioso porque iba atrasado minuto y medio.


Toshinami Habe, jefe de ventas de una empresa en la ciudad donde sucedió la tragedia, hombre de 67 años y quizá por ello lleno de nostalgia por una época más pausada, atribuyó el accidente a la obsesión japonesa por la puntualidad y eficiencia (aunque esa obsesión es compartida por quienes trabajan en cualquier país que patina a toda velocidad kbps por la banda ancha): "Ã?âEUR°sta es una sociedad de libre competencia. No hay flexibilidad. Por ello un retraso de 90 segundos hizo que el conductor aceleraraââ,¬Â, explicó. De hecho, atisbos de la posibilidad de un percance de este tipo se habían dado ya el año pasado, cuando al celebrarse el 40 aniversario del tren bala los japoneses criticaron el hecho de que en 2003 el servicio hubiera registrado un atraso promedio de seis segundos.

Un texto editorial de Thomas Friedman publicado cuatro días más tarde en The New York Times, acerca de cómo el mundo entero se encuentra ya interconectado y en línea, me puso en contexto el porqué de ese sentido de urgencia que nos hace ir por la vida como tren a punto de descarrilarse. Friedman cita al joven empresario indio Rajesh Rao, fundador de una compañía de juegos electrónicos en Bangalore. Ã?âEUR°ste, refiriéndose a un entorno en el cual las nuevas tecnologías hacen posible que cualquier individuo o empresa se inserte en la cadena de valor de un planeta que hace negocios las 24 horas, afirma: ââ,¬Å"No podemos relajarnos... No hay tiempo para descansar. Hay docenas de personas que están haciendo lo mismo que uno, y tratando de hacerlo mejor.ââ,¬Â

Comento la noticia en el café con mi amiga Veronique, y señalo que estamos ya muy lejos del sentido del tiempo de, digamos, la sociedad feudal, en la cual nadie se obsesionaba por regir su vida de acuerdo a unidades temporales uniformes y medibles. En esa época medieval, cuando a la palabra ââ,¬Å"competitividadââ,¬Â aún le faltaban cientos de años por nacer, los relojes de agua eran escasos y costosos, y en países como Inglaterra, Francia, los Países Bajos o Alemania, los relojes de sol no servían en los días nublados. La gente solía ignorar en qué año vivía o incluso su edad precisa. El tiempo parecía medirse, con las campanadas de la iglesia, más bien frente a la intemporalidad de Dios.

Vero indica, atinadamente, que sin embargo hoy ya ni la divinidad parece escapar a la prisa o a la tecnología, y da como ejemplo la sucesión papal el mes pasado. Cuando Benedicto XVI quiso apartar su dominio en Internet, encontró que www.benedictXVI.com ya había sido registrado por Rogers Cadenhead, ciudadano del estado de Florida. Afortunadamente Cadenhead no quiso ganarse la enemistad de más de mil millones de católicos en el mundo (ââ,¬Å"sobre todo la de mi abuelaââ,¬Â, dijo para ser más preciso), y explicó que sólo está ââ,¬Å"apartandoââ,¬Â el cibersitio con el fin de que no lo ocupen pornógrafos o casinos en línea. Mientras espera que el Vaticano le diga si el nuevo Papa quiere ese dominio o no, Cadenhead lo emplea para anunciar una organización caritativa llamada ââ,¬Å"Necesidades Modestasââ,¬Â (atinado título, pues así de discretas deberían ser todas nuestras necesidades).

ââ,¬Å"El ámbito de lo sagrado se encuentra ya totalmente modernizadoââ,¬Â, me indica Vero. Como ejemplo, mi amiga señala que mientras 18,000 personas desfilaban cada hora frente al cuerpo sin vida de Juan Pablo II, la mayoría tomaban fotos con sus celulares, para guardar lo que seguramente serán reliquias digitales... No ya el hueso de algún santo descansando sobre terciopelo en un relicario de oro, sino pixeles en un teléfono móvil, hecho que, por cierto, no desentonó con la vida de un Papa que siempre se llevó bien con la tecnología. Juan Pablo II fue el primer pontífice quien tuvo y entusiastamente utilizó su página web, y cuyo rostro ha sido el más visto por el mundo gracias a los medios electrónicos. Supo aprovechar aun el concepto de movilidad, cuando hace un año permitió que los fieles pudieran recibir su mensaje diario vía el teléfono celular.

Vero concluye, ecuménicamente, que este uso de las tecnologías por homines religiosi desde luego no se reduce al catolicismo. Miles de personas se unen en círculos virtuales de plegaria. Hay tecnologías que permiten a los musulmanes utilizar su celular para ubicar los puntos cardinales y así dirigir su rezo hacia Meca, recibir los cinco llamados diarios del muezzin a la oración o incluso incorporar el Corán a su teléfono, para su consulta inmediata y ubicua. Asimismo, los hindús pueden transmitir igualmente una petición al dios Ganesh, o los judíos bajar los Salmos a su Palm.

En el terreno de lo sagrado, como en el del consumo o los medios de comunicación, el protocolo internet parece estar transfiriendo el control a manos del usuario/creyente. Sin incienso u ofrendas, papel o fuego, fuera de las pesadas piedras de un templo, puede utilizar bits y bytes en una interacción más directa con el concepto de divinidad, separado de éste sólo por un velo digital de ceros y unos o el resplandor de una pantalla.