Confesiones vergonzosas sobre mi librero

19 de junio. Querido diario, durante más de tres décadas viví rodeada de libros. Mi cuarto, lo más parecido a un capullo (así, aunque suene cursi) de letras, tenía estantes llenos prácticamente de piso a techo. Podrá sonar promiscuo, pero de alguna manera consideraba yo indispensable dormir cerca de Borges, Paz, Pessoa, Cervantes, Rulfo, García Márquez, Cummings, Girondo, Pound, Dante, Sterne y Shakespeare. Con decir que me ponía nerviosa guardar un libro amado en el librero de la sala, de tan alejado... Aunque no los leyera todos, al menos sabía que sus palabras estaban disponibles entre las tapas.

Sin embargo, como diría el crítico literario Harold Bloom, ââ,¬Å"las cosas se han desmoronado, el centro no se ha mantenido,ââ,¬Â y debo hacer hoy confesiones tristes sobre mi librero, es decir, sobre mí misma. Recientemente cambié de departamento y, para mi vergÃ?¼enza, han pasado ya cuatro meses y los nuevos estantes siguen medio vacíos, evidencia de que he perdido ese impulso loco de tener a la mano los tomos que me anclaban con belleza a un mundo estable por literario.

Hago un breve recorrido diacrónico por esta última década y veo que poco a poco he ido cambiando sus páginas por la pantalla de mi laptop. Pero aunque formen las mismas palabras, los pixeles son profundamente distintos a la tinta. Tomemos por ejemplo las enciclopedias. En casa, los 23 tomos de la Britannica reposaban con todo el peso de su impecable reputación sobre varios estantes. Comparemos ahora ese venerable ejemplo de documentación veraz e impresa con la Wikipedia, enciclopedia en línea que representa claramente lo que es el conocimiento en Internet.

Para empezar, cualquiera puede editar y meter mano a la Wikipedia, quizá la fuente de información más consultada de la red. De hecho, se alienta a la gente a ser audaz: ââ,¬Å"Ã,¿Teme usted romper la Wikipedia? No se preocupe: siempre puede ser reparada o mejorada más tardeââ,¬Â, dicen sus publicadores. ââ,¬Å"Las tonterías y el vandalismo por lo general se eliminan muy rápidoââ,¬Â. Ã,¿Qué sucede, sin embargo, si por desafortunada coincidencia tomamos de ella alguno de esos ââ,¬Å"erroresââ,¬Â como cierto?

Pero querámoslo o no, la Wikipedia está sentando un paradigma. Esta semana el diario The Angeles Times anunció que introducirá lo que llama las ââ,¬Å"wikitorialesââ,¬Â, es decir editoriales que pueden ser editadas por cualquier lector. El director del diario declaró: ââ,¬Å"No sabemos qué va a resultar. Se trata de encontrar nuevas formas de permitir a los lectores interactuar con nosotros en esta era de la webââ,¬Â.

Ã?âEUR°sa es, precisamente, la esencia de Internet. Todos pueden participar. Se cuelan, desde luego, errores y existe peligro (hoy leo que a una empresa maquiladora de tarjetas de crédito le fue robada por Internet información de cuarenta millones de plásticos). Sin embargo, es un universo fluido y lleno de vida, así como un esfuerzo colectivo como las catedrales.

Desde luego, hay personas en ambos extremos del espectro que va de lo analógico a lo digital. En su dormitorio, el bibliófilo William Scheide, a sus 88 años de edad, duerme feliz porque acaba de comprar el último ejemplar que le quedaba por conseguir de las primeras cuatro ediciones impresas de la Biblia, las más raras del mundo. Ha conseguido poner en su biblioteca, antes de morir, ese último de los tesoros impresos que deseaba.

Por otra parte, hay quienes tratamos de nadar por use universo digital que pone todo a nuestro alcance (para muestra, un botón: en este momento Vero está en el cine Diana con su esposo alemán, a quien conoció en la red). Y así voy de una liga a otra, con lo que yo quisiera llamar la gracia de un delfín (al menos con más gracia de la que tengo en el mundo analógico, donde suelo ser bastante torpe).

Sin embargo, no olvido las palabras de Harold Bloom: ââ,¬Å"Tenemos disponible una infinidad de información; Ã,¿dónde encontraremos la sabiduría?ââ,¬Â.