Gilgamesh y la complejidad de las redes

29 de agosto, 2005. Querido diario, hay quienes conocen a la ciudad iraquí de Mosul como el lugar donde el 22 de julio de 2003 fuerzas de la llamada "Coalición de los Dispuestos" mataron a Uday y Qusay, los hijos de Saddam Hussein. Otros prefieren recordarla por ser el sitio donde en 1844 el británico Austen Henry Layard desenterró los palacios de Nínive y la biblioteca del gran rey asirio Assurbanipal.

Quienes aman el arte y la historia prefieren imaginar cómo, en habitaciones decoradas por enormes bajorrelieves de demonios, reyes y deidades, escenas de guerra, cacería y ceremonias cuyo significado ahora desconocemos, Layard encontró 22,000 tablillas de arcilla inscritas en el lenguaje acadio.

Estoy tentada a contar cómo entre esas tablillas de escritura cuneiforme se encontraba la leyenda más antigua de la cual tengamos conocimiento, que narra cómo el héroe Gilgamesh, aterrado por la idea de la muerte, emprende un viaje en busca de la inmortalidad (ââ,¬Å"Sólo los dioses viven para siempre. Nuestros días son pocos, y todo lo que lleguemos a lograr será apenas un soplo de vientoââ,¬Â). Sin embargo, prefiero recordar a Mosul como el sitio donde Layard encontró los restos de la que podemos considerar, en nomenclatura de los ââ,¬Å"redólogosââ,¬Â J. R. y William McNeill, la primera red metropolitana.

Si bien la primerísima red humana empezó a tejerse a partir del lenguaje, que permitió a las personas comunicarse y transmitir información, no fue sino hasta que las ciudades florecieron en Mesopotamia (donde se encuentra el Irak actual) hace aproximadamente seis mil años cuando las redes humanas principiaron a consolidarse más allá de los grupos agricultores. En esas urbes se consignaron en arcilla las primeras leyes, se escrituraron los primeros terrenos, se expidieron los primeros recibos. Nacía la llamada civilización así como su sombra, la burocracia.

Desde la óptica de la economía de redes, aquellas ciudades que surgieron en la región de los ríos Tigris y Ã?âEUR°ufrates fueron nodos de información y bienes. Con el tiempo y la ayuda de muchos factores como el comercio, la guerra o las migraciones, las redes metropolitanas crecieron en alcance e influencia. A partir de los últimos 500 años, y gracias a la navegación y otros medios de transporte, así como a la imprenta, que agilizaron la transmisión de la información, las redes metropolitanas empezaron a integrarse en una gran red cosmopolita que canalizaba la cooperación y la competencia entre los seres humanos.

El 24 de mayo de 1844, el mismo año en que Layard miraba hacia el pasado al desenterrar la biblioteca de Assurbanipal (y la historia más antigua del mundo), Samuel Morse se proyectaba hacia el futuro al inaugurar las telecomunicaciones modernas con el primer telegrama (éste decía: "Ã,¡Qué ha forjado Dios!"). Desde entonces, podemos afirmar que la cada vez más poderosa red hizo posible mayores y más rápidos intercambios de información hasta constituir la red global que hoy nos permite potencialmente establecer contacto con las más de seis mil millones de personas en el mundo entero.

Mientras inscribían los primeros documentos de la humanidad en sus tabletas de arcilla, los antiguos escribas sumerios no podían, desde luego, imaginar el poder y omnipresencia que llegaría a adquirir la red que comenzaban a formar. Pero la Coalición, que empezó a bombardear Bagdad el 19 de marzo de 2003, sí debió haber tenido en consideración los profundos, múltiples e inesperados efectos que tendrían esas explosiones más allá de la guerra que ha costado billones de dólares, cerca de 2,000 muertes militares en las filas de la Coalición y 25,000 civiles iraquíes muertos en el conflicto (de acuerdo a www.iraqbodycount.net) al día de hoy.

Consciente de lo completamente interconectado que se encuentra el mundo (que ya no es el de Gilgamesh o siquiera el de la Primera Guerra del Golfo), la Coalición debió tener en cuenta lo que --dado el alcance de las redes-- sucedería con el precio de la gasolina de verse afectadas las redes de producción y distribución de petróleo; el efecto que tendría este ataque en el mundo islámico; el papel que jugarían en todo ello la ira, los medios de comunicación e Internet; la posibilidad de que el terrorismo fundamentalista aprovechara las redes de transporte --siempre vulnerables-- de ciudades como Madrid o Londres para atacar, por dar algunos ejemplos.

Nos rodean redes extensas y de todo tipo: familiares, étnicas, religiosas, económicas, laborales o políticas, entre muchas otras (las mejores son las amorosas), y éstas se encuentran entretejidas de maneras insospechadas. Tan insospechadas que Saddam Hussein --quien a pesar de ser un dictador asesino no fue responsable del ataque a las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001-- está en prisión, y Osama bin Laden sigue libre en alguna cueva de Afganistán.