Desarrollo paralelo en México y en el Reino Unido: algunos datos de una relación de 80 años de comunicación telefónica

¿Cuál es la fórmula para un exitoso desarrollo técnico en las sociedades contemporáneas? ¿Es el resultado de políticas públicas bien orquestadas, o del concurso de esfuerzos individuales independientes que confluyen en una misma dirección? ¿O más bien la integración conveniente de ambos factores? Tales son algunas de las preguntas que en la actualidad los científicos sociales se están planteando.

La obtención de la prosperidad, y la consecución del progreso se han convertido en un propósito de varias disciplinas sociales: una búsqueda moderna análoga a la del Santo Grial. No obstante la diversidad de opiniones sobre el particular, existe cierto consenso acerca de la importancia que la innovación tiene en el proceso de desarrollo. Hallar o crear soluciones ingeniosas para problemas concretos, en un entorno frecuentemente adverso, parece el hilo conductor de varias historias exitosas en el terreno del cambio técnico y del desarrollo industrial. Exploraremos aquí, en forma anecdótica, algunos datos sobre el desarrollo de México y del Reino Unido, con motivo de la celebración no sólo de los 130 años de telefonía en México, y los 100 años de la telefonía comercial global, sino también del 80 aniversario del establecimiento de la comunicación telefónica entre México y el Reino Unido.

1928 fue un año prolífico en acontecimientos. El recientemente electo presidente de México, Álvaro Obregón, fue asesinado; Alexander Fleming descubrió la penicilina, y nacieron varios personajes que llegarían a ser famosos: Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Ennio Moricone, Ernesto "Che" Guevara. También, aparecieron por primera vez importantes elementos de la iconografía comercial y cultural estadounidense, entre los que sobresale la figura de Mickey Mouse, quien debutó en el primer dibujo animado sonoro: Steamboat Willie.

Un significado peculiar tuvo para México, en ese año, el establecimiento del servicio telefónico con el Reino Unido y con las principales capitales europeas. Cabe observar cierto paralelismo, en la historia de entonces, entre Europa y México: en ambos, la segunda década del siglo XX fue política y militarmente agitada. México estuvo sumido en una guerra civil prolongada, y Europa se enfrascó en la primera guerra mundial. En este contexto, la implantación de la comunicación telefónica entre ambos extremos del Atlántico  asumió un especial valor, comercial y social: por un lado, infundía certidumbre y confianza, al proyectar una imagen de cierta  estabilidad social, y, por otro, habría la posibilidad de establecer y desarrollar lazos de negocio. Así que, no fue por casualidad que el servicio telefónico surgiese como un indicador y portador de dicha estabilidad: pues, en último término, cuando al ciudadano común se le pregunta al respecto, tiende a opinar que el estado de las comunicaciones telefónicas es una variable importante de su propio bienestar.

Desde  luego, un lector más exigente argumentaría que lo positivo duró muy poco, pues ya en 1929 el mundo vivió la primera gran crisis económica del siglo pasado, y los factores  políticos y económicos de la época produjeron de nuevo el conflicto militar con la invasión alemana a Polonia en septiembre de 1939, y el inicio de la segunda guerra mundial. No obstante todo ello, la década de 1920 y el periodo entre guerras, fueron también un tiempo de importantes innovaciones y cambio técnico de repercusión individual y social.

En el Reino Unido, por ejemplo, en general se piensa que el punto culminante del desarrollo del imperio británico, al final del siglo XIX, se logró debido a tres factores fundamentales: la revolución industrial en las fábricas; el desarrollo exponencial de una flota mercante y militar, y el desarrollo de mecanismos logísticos y de comunicación como el teléfono y el telégrafo.

Y aunque era evidente que un imperio tan vasto como el británico representaba un enorme incentivo comercial, también se requerían instrumentos concretos para echar las cosas a andar. Para ello fue determinante que los británicos, y en particular los escoceses, siempre hayan mostrado una gran predilección por la ingeniería y la tecnología y, en general, por el conocimiento científico y pragmático. James Watt, por ejemplo, el inventor de la máquina de vapor y una de las grandes figuras de la Revolución Industrial, era escocés; Alexander Graham Bell, a quien se reconoce como el padre del teléfono moderno, nació en Edimburgo en 1847. Y si nos vamos un poco atrás en el tiempo, nos encontramos con David Hume, creador de la filosofía empirista, y con Adam Smith, iniciador de la economía moderna: sin lugar a dudas, los escoceses, sobresalieron por un intelecto con voluntad indomable de acción.

Pero la expansión tecnológica y comercial británica no se dio en una sociedad abiertamente innovadora, en la que sin embargo surgieron iniciativas individuales que vale la pena recordar aunque la historia no les haya hecho, del todo, justicia. Tal es el caso del príncipe consorte Albert, a quien algunos especialistas  mencionan como un importante mecenas de la ciencia y  tecnología, en pleno siglo XIX, y en el corazón de la aristocracia Victoriana: periodo de marcado conservadurismo en la vida privada y pública de entonces. Por ejemplo, la gran exposición universal en Londres de 1851 fue una idea personal del príncipe Albert, quien animó y financió personalmente los esfuerzos de diversos científicos y emprendedores, ávidos todos ellos de  impresionar al mundo durante el evento. No faltó quien observara, con sentido del humor, que el entusiasmo innovador de Albert era como un pasatiempo y escape que rompía la monotonía del ambiente anquilosado de  la realeza británica.

Entretanto, en este lado del Atlántico, y también a principios del S.  XX, se inician en México los primeros intentos concertados de construir un modelo de desarrollo nacional, después de los años de inestabilidad social y económica causada por la Revolución Mexicana. A pesar de los tintes nacionalistas de la constitución de 1917, eran dos compañías extranjeras las que tenían la concesión para la operación del sistema telefónico nacional: la sueca, Teléfonos Ericsson, con su filial Mexeric, y la estadounidense, ITT, con su filial la Compañía Telefónica y Telegráfica de México.

Pero  Ericsson tuvo un debilitamiento financiero, por lo cual la ITT llegó a poseer virtualmente la mayoría accionaria de Ericsson, que nunca pudo operar con toda libertad dada una restricción al capital extranjero impuesto por las leyes suecas. Esta situación la condujo a efectuar operaciones algo más complejas. La primera de ellas fue que Ericsson se volvió accionista de la Compañía Telefónica y Telegráfica de México. Así, parecía que se iniciaba el camino hacia la convergencia y la fusión, pero los límites legales y las diferentes visiones del negocio no favorecían un avance posterior.

En ese entonces aparece un tercer implicado, el magnate sueco Axel Wenner-Gren, uno de los hombres más ricos de su tiempo. Este personaje vino a ser aparentemente la clave para destrabar las negociaciones entre Ericsson e ITT. El resultado fue un acuerdo, firmado por él, entre Ericsson y Mexeric en 1947 para crear una nueva compañía, cuyo nombre fue Teléfonos de México S.A., conocida popularmente como Telmex. Al año siguiente, los activos y responsabilidades de Mexeric fueron traspasados a Telmex.

El porcentaje de participación de Wenner-Gren en la nueva compañía, era justamente del  51 por ciento, y el   de Mexeric, del 49. Más tarde, Wenner-Gren acabó por adquirir la parte de Mexeric. Y finalmente toda la compañía acabó por ser comprada; sus operaciones se integraron en una sola, y las dos redes, antes  independientes, fueron interconectadas. Pasado un tiempo, los  nuevos dueños tuvieron diferencias acerca del futuro de Telmex, y, en 1953, Ericsson compró la participación de Axel Wenner-Gren, y se llegó a un acuerdo entre Ericsson e ITT, de dividirse por mitad el Capital de Telmex.

Por lo narrado podemos ver lo interesante que es observar cómo las fuerzas ocultas de la historia humana se hacen patentes en la decidida aportación de acciones de individuos particulares. A veces, en este sentido, el progreso técnico y el desarrollo económico y empresarial parecen emanar de un caldo de cultivo complejo y poco previsible.